Entrevistar sobre su muerte inminente a una persona que está desahuciada, no es para nada una solicitud correcta, ni considerada, y se puede decir que hasta de baja calaña. Y si esta solicitud se hace en Alemania, el país donde la muerte es tabú, es peor. Sin embargo Úrsula, entrañable amiga, no era al parecer ni "Alemana", ni cualquier persona. Ella aceptó porque, como me dijo, "OK, hagámoslo, ya es hora de que en mi país se hable de esto."
Tres meses de entrevistas (en su casa, en la clínica de radiaciones, en su hospicio: mis preguntas la siguieron durante su trayecto hacia la muerte, y ella las acogió siempre abierta, paciente, directa). No soy periodista, pero quizá como mexicano — y aquí me atengo a un maldito cliché — tengo un acercamiento a lo natural de la muerte, que quizá la hizo sentir más confortable. Nunca fui consejero, nunca un escrutador, nunca busqué su verdad. Le hice preguntas, siempre conversamos natural y relajadamente. Como cameraman, lo único que le pedí es que nunca mirara a la cámara, ya que, con esa mirada al espectador, se pondría ella misma en papel de narradora. Yo quería que Úrsula nunca dejara de hablar con ella misma.
El día en que murió, después de una larga, angustiante y dolorosa agonía, me llamó su hermano. Ursula hizo jurar a sus dos hermanos que me dejarían grabarla después de su fallecimiento. Lo cumplieron cabalmente, si bien eso lo entendieron sólo hasta después, cuando vieron este vídeo. Por ello, la llamada telefónica que aparece en el film está reactuada — yo no tenía manera de saber cuándo llegaría la llamada real, así que la reconstruí después: "Carlos, Úrsula ha muerto. Necesitas venir lo antes posible. Podemos esperar dos horas. Después, llegará la familia y no será posible." Yo sabía que el final estaba cerca: la maleta con mi equipo estaba lista. Tomé todo y viajé en metro hasta su última cama.
Entre este viaje hacia el hospicio y el proceso de edición del video, empecé a entender dos trayectorias paralelas que me tocaban hondo: mi viaje-encuentro hacia su rostro de muerta, y mi propio viaje, vivo, sí, pero hacia mi propia muerte. Este vídeo, más que esa supuesta mexicanidad-muerte que se supone que tenemos los mexicanos — un cliché muy desafortunado —, me acercó, me reconcilió no sólo con la muerte de ella, sino con la mía misma.
En 2017, el Deutsches Hygiene-Museum en Dresden encontró la película mientras buscaba material para "Das Leben endet – ein Sterben in Würde" ("La vida termina — morir con dignidad"), parte de su programa "Ethische Diskurse" para adolescentes — veinte participantes, entre veinte y treinta sesiones al año. Cientos de adolescentes vieron la película. Este había sido el deseo de Úrsula desde siempre.
La película sigue en línea en su resolución original — modesta, casi deliberadamente, por una cuestión de pudor, de no sobreproducción. Se ha visto más de 72,000 veces.